Abuela, déjame hablarte sobre la biodiversidad
El término “biodiversidad”
aparece en 1988, definiendo la totalidad de ecosistemas, especies y genes de
una región determinada. No sabemos cuántas especies hay en el planeta;
actualmente hay aproximadamente 1,5 millones de especies descritas formalmente,
pero existen discrepancias en cuanto al número de especies totales (puede que
algunas no hayan sido aún descubiertas).
Esta inmensa variedad existe
gracias a las adaptaciones y transformaciones que las diferentes especies han
sufrido con el fin de sobrevivir en un entorno. De esta forma, encontramos las
distintas características que definen, unen y diferencian (a la vez) a las
especies.
Por un lado, la biodiversidad biológica
permite que ciertos animales desarrollen habilidades o características físicas
que van progresando según el medio en el que viven. Por ejemplo, las aves que
habitan zonas húmedas han sufrido cambios en la longitud de sus patas, dedos
y/o picos, que les facilita la caza bajo el agua.
Por otro lado, existe la
biodiversidad de colores. Esta forma de variedad está destinada a la captación
de luz solar en plantas, al aviso de toxicidad ante depredadores (pequeñas
ranas, escarabajos, etc.) o al camuflaje con el entorno (camaleón). Estos
colores son el resultado del reflejo de la luz en los distintos cuerpos;
incluso pueden cambiar según cómo les dé la luz. Sin embargo, hay animales que
no reflejan dicha luz, sino que la emiten ellos mismos, como es el caso de la
luciérnaga y algunas especies del fondo marino.
Pero estas capacidades se pueden
ver afectadas por el desuso, provocando así otro tipo de evolución. Existen
aves que no poseen la capacidad de volar al vivir en medios donde no existen
depredadores para ellas; murciélagos y peces que han perdido sus colores y
capacidad de visión por habitar zonas oscuras como cuevas, etc.
La distribución de la
biodiversidad no es homogénea, ya que esta decrece con la latitud y la altitud.
Así, encontramos una mayor riqueza de especies en bosques templados que en
zonas polares, donde las condiciones para la vida son más extremas. Dentro de
estos ecosistemas, las diferentes especies se relacionan entre sí (diversidad
funcional), de forma que se ayudan a coexistir. Por ejemplo: los excrementos de
un búfalo son utilizados por escarabajos peloteros; ese mismo búfalo es presa
de los leones que, comen parte de ellos, pero el resto sirve de alimento para
aves carroñeras.
No se puede hablar de
biodiversidad sin mencionar a Charles Darwin, padre de la evolución biológica a
través de la selección natural. Defendió que todas las especies de seres vivos
han evolucionado a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado
“selección natural”, donde en cada medio logra sobrevivir el más apto o fuerte.
Teniendo en cuenta la idea de
Darwin, cada especie tiene su valor y debe ser cuidada por el simple hecho de
existir. Sin embargo, frente a la extinción natural de especies causada por
falta de recursos, enfermedades, etc., la llegada del ser humano a diferentes
hábitats ha acelerado ese proceso por 10.000. La caza (incluyendo la caza
furtiva) y el cambio climático han provocado que muchas especies estén en
peligro de extinción o ya extintas. Esto es algo en lo que todos podemos
aportar nuestro granito de arena, concienciando al ser humano sobre la
importancia de los ecosistemas y las diferentes especies que los habitan, que
ayudan a su funcionamiento y subsistencia, incluyendo la nuestra.
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